Aquí relato nuestras salidas por los caminos del Berguedà y comarcas vecinas. Como lo pasamos muy bien, queremos comunicar sobre todo buen humor y alegría pero también tiene un fondo muy serio: el camino como bien patrimonial, pieza esencial para entender la historia y digno de conservación. Es nuestra misión desde hace más de 15 años.



lunes, 14 de mayo de 2018

4/5/2018 – Merolla

Carles ha entrado en contacto con el dueño de la casa de Merolla, actualmente dedicada al turismo rural. Acuerda una visita, ya que Pep y Carles tienen noticias de un castillo y dos iglesias (Sant Miquel y Sant Serni) y siempre va bien consultar a gente del país, a ver si pueden aportar alguna pista.

La casa restaurada de Merolla

Aunque actualmente forma parte de la comarca del Ripollès, antiguamente todo este valle, hasta el Coll de Merolla, estaba adscrito a La Pobla de Lillet y por eso, Pep considera justificado incluirlo en nuestro ámbito de actuación.

Nos reciben los padres, quienes nos presentan al hijo, que lleva el negocio, y muy amablemente nos muestran la casa, restaurada con esmero y todo lujo de detalles, y unas vistas y un verdor que deben ser un imán para los pobres barceloneses, sedientos de verde, paz y contacto con el medio natural. Nos cuentan que hay un historiador local de Campdevanol que también va detrás de las iglesias, de momento sin éxito. Pero me estoy adelantando. Volvamos al principio.

Aparcamos en una entrada de pista en la carretera, debajo de la casa. Al bajar del coche, noto que la calzada tiene una gruesa capa de asfalto que la eleva al menos 25 centímetros por encima del borde. Y luego dedico mi atención al cielo, a ver qué día hará hoy. El próximo paso, mi pie derecho pisa aire y voy de bruces al suelo. El trompazo ha sido de primera categoría, sobre todo en la rodilla. De niño, hice judo y aprendí a caer. En mi juventud, saberlo me ha salvado de lesiones graves más de una vez en accidentes de bici, pero a partir de los 60, me parece que uno cae como un saco de patatas con la misma contundencia que una persona que nunca ha hecho judo.

Cuando puedo incorporarme, me siento al borde de la carretera, esperando que pase el dolor. “Tantos años caminando por los lugares más escabrosos y te tienes que caer en el sitio más tonto”, me dice Pep para consolarme. “¿Estás bien?”, me pregunta Carles, siempre con la frase correcta. Me palpo con cuidado la rodilla. No parece que haya nada roto. La muevo; tendones y ligamentos funcionan. Me pongo de pie y constato que la pierna aguanta mi peso y volvemos a ponernos en marcha.

Tras esta visita tan cordial de la casa de Merolla, nos disponemos a visitar los mismos cerros que el historiador local, con el mismo resultado. En un descanso, vuelvo a inspeccionar la rodilla, saco mi botiquín y la limpio, la desinfecto y pongo una gasa. Ya va mejor.

Mirando hacia el norte, vemos una especie de brecha en una pequeña sierra que se llama L’Esgarrapall y para ocupar el día, decidimos seguir una pista forestal hasta allí para ver qué hay detrás. La pista acaba en la cresta y sigue un camino que nos baja hasta la pista que va al Coll del Pla de L’Espluga.

La vista desde el final de la pista con Ca l'Escolà abajo y las montañas de Meranges al fondo

Caminamos por la pista bajo un cielo cada vez más amenazador y un viento que arrecia, haciendo crujir los pinos. Nos desviamos por un camino que lleva a L’Empriuet, una casa en ruinas en la solana del valle que habíamos visitado a finales del verano del año pasado. El camino está muy limpio; lo deben mantener las vacas. 

 El camino de L'Empriuet

Y lo que queda de la casa

Recuperamos la pista y, en la curva donde se une a la carretera de Gombrén a Castellar de n’Hug, tomamos el camí ramader (camino pecuario) señalizado que pasa por el Coll de l’Espluga y luego al Coll de Merolla. Lo había hecho al revés hace unos cuantos años con Carles, antes de empezar el blog.

En la cresta, paramos para comer y repasar el estado lamentable del mundo, bajo un cielo tapado que no llega a llover. Fortificados por este desahogo colectivo, continuamos por el camí ramader, que tiene unos tramos muy atractivos. Nos desviamos para visitar Cal Cots, una casa todavía en pie pero no modernizada. Desde un núcleo antiguo, ha experimentado múltiples adiciones y reformas que le han dado un aspecto muy original. Además, su emplazamiento es muy llamativo, encaramado sobre un peñasco en un pequeño llano.

El camí ramader que baja al Coll de Merolla

La casa de Cots

Aquí nos dividimos, yo sigo bajando por el camí ramader para dejar constancia en el GPS mientras Pep y Carles visitan dos pequeños cerros contiguos, por si tuvieran algún resto de edificio. Yo llego primero al refugio del Coll de Merolla. No puedo tomar un café porque está cerrado pero tengo tiempo suficiente para estrechar lazos interespecie con una perra poco guardiana pero muy simpática que tiene ganas de jugar.

 El refugio del Coll de Merolla

Y mirando hacia las montañas del Ripollès desde el Coll de Merolla

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,6 km; 550 metros de desnivel acumulado.

27/4/2018 – Aranyonet

La primavera avanza imparable y todo parece indicar que hoy, hasta tendremos calor. Pep quiere cumplir el plan esbozado la semana anterior y aparcamos en el collado frente a la casa del Boix, el mismo con el inquietante círculo de piedras, con la idea de buscar las conexiones entre Oliba y Aranyonet.

Sin embargo, primero hay que situar la casa de Castellet, sobre el Torrent de Aranyonet, frente al pequeño pueblo de Aranyonet y la casa de Muntades.

Seguimos la pista hasta el cruce de caminos en la umbría de Oliba. Desde aquí, tendría que salir el camino a Sant Jaume de Frontanyà pasando por el Pas de les Baumes, todavía un tema pendiente.

Continuamos subiendo en dirección a Palomera. El bosque da paso a los campos y, en el punto más alto, vemos las ruinas de Castellet. Poca cosa queda.

Un camino marcado bordea el risco, con vistas a Muntades y Aranyonet abajo, las montañas de Montgrony detrás. Nuestro camino muere en el Torrent de Palomera. Subimos el valle hasta entrar en la pista que lleva a Palomera, y poco después vemos los primeros campos.

Palomera es un lugar muy curioso. Construida sobre un pequeño cerro, la casa parece fortificada. Es un lugar muy solitario, con los riscos de Tubau delante. En un grupo de árboles cercano, Pep y Carles encuentran la casa medieval.


La casa de Palomera; en el fondo, los Rasos de Tubau

Detalle de una de las ventanas

El inicio del camino a Muntades está marcado con piedras. Al dejar atrás los campos, entra en un bosque. Se ve muy usado y ahora, con la hoja recién salida, muy pintoresco. Rodeamos la casa de Muntades, la única habitada, y comemos cerca de la pista encima de la casa. Todo está muy verde.

El camino de Palomera a Muntades

Vista general de Muntades; detrás, en la sombra, se distinguen algunas casas de Aranyonet

Una vista más próxima de Aranyonet

Entramos en el pequeño pueblo de Aranyonet por un camino ancho que pasa entre las casas. Parece una burbuja parada en el tiempo. Al doblar cada esquina, esperas ver a gente entrando y saliendo de las casas, mulas llevando cargas, el ruido alegre de niños, el cura que habla con los feligreses, pero no hay nadie. Algunas casas están en estado ruinoso y otras enteras, pero sin vecinos. La iglesia es del siglo XIX pero Pep ve unos arcos románicos debajo de la rectoría, que serían la antigua iglesia.

 El camino de entrada de Aranyonet

Y la iglesia de Sant Romà

Pep está maravillado. ¡Nunca ha estado aquí! “Pero las veces que hemos estado cerca y nunca has expresado ningún deseo de venir”, exclamo. Pep se encoge de hombros. “Tenía otras prioridades”, justifica.

La casa de Extremera y el camino de Sant Jaume de Frontanyà

Tomamos el camino de Sant Jaume de Frontanyà, pasando por la casa de Extremera, la última del pueblo. El camino está señalizado con las marcas de la Xarxa Lenta pero se hace más perdedor al bajar por una fuerte pendiente hacia el Torrent de Aranyonet. Cruzamos el riachuelo y subimos por el otro lado, ya más evidente, hasta llegar al cruce de caminos en la umbría de Oliba. Deshaciendo la pista, llegamos otra vez al coche.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 11,6 km; 470 metros de desnivel acumulado.

viernes, 11 de mayo de 2018

20/4/2018 – El Boix


Ha sido un abril muy poco primaveral, con frío, lluvia y hasta nieve. Pero hoy parece que las cosas van a cambiar y nos despertamos con un cielo despejado y temperaturas muy suaves.

Tras la salida improvisada de hace 2 semanas, hoy parece que volveremos al orden y el rigor. Ya me advierte Pep que tocará subir y bajar cuestas porque de lo que se trata es encontrar la iglesia de Sant Grau de Ginebret, una iglesia muy mencionada documentalmente pero totalmente desaparecida sobre el terreno.

La casa del Boix

Aparcamos el coche en la entrada de la pista que va a la casa de Boix, en la carretera de La Pobla de Lillet a Sant Jaume de Frontanyà. Llegamos a la casa y la primera tarea es subir el cerro que hay detrás. Unas vistas magníficas que dedicamos unos minutos a comentar pero, de estructuras, nada de nada. Sin embargo, al volver a bajar, justo detrás de la casa, vemos otra esquina delatadora y, cerca, unas piedras amontonadas, incluyendo una piedra tosca. Se trata de una piedra que se encuentra en las cascadas y fuentes, producida por la cal depositada por el agua. Al ser porosa, es una piedra ligera pero al mismo tiempo muy resistente y se usaba mucho para hacer los dinteles de puertas.

Damos la iglesia por localizada y pasamos al siguiente tema, el camino de Carles. Sin duda, al lector le vendrá a la memoria una salida en 2014 por esta misma zona. Carles tenía que volver a casa antes de nosotros y para llegar al coche, descubrió un camino detrás de El Boix que le llevó directamente a la Teulería de Montverdor. Guiados por los vagos recuerdos de Carles, intentamos volver a encontrar ese camino. En la ida, fracasamos. Pasamos demasiado alto pero a la vuelta acertamos; un camino de mucha categoría pero su destino no parece ser El Boix sino Oliba, ya que cruza el Rec del Roquerol y sube hacia la casa de Oliba.

Teuleria (tejería) y molino de Montverdor

Entramos en los campos de la casa y allí, como una pared más, un tramo de opus spicatum (piedras puestas de canto como las espinas de un pez), que identificaría el muro de una casa medieval. Con tanta tierra de calidad, es normal que hubiera una pequeña comunidad aquí y explicaría la presencia de la iglesia.

Opus spicatum cerca de Oliba

Mientras comemos cerca de Oliba, Pep y Carles consultan los mapas. “En el mapa antiguo del Ejército, marca un camino que va desde aquí hacia Aranyonet”, dice Pep. “Y también hay la cuestión del camino antiguo a Sant Jaume de Frontanyà, pasando por el Pas de les Baumes”. En resumen, la semana que viene volveremos aquí, que hay mucho por hacer.

Los restos de la gran casa de Oliba

Para volver, tomamos el camino semicircular hacia el sur que bordea los campos hasta llegar a una pequeña cresta y desde allí baja a la pista. Aún conseguimos recuperar algunos trozos del antiguo camino que no han sido aniquilados por la pista. En el pequeño collado, en el cruce de pistas delante de la casa del Boix, nos fijamos en un dibujo circular de piedras en la tierra, como si fueran los cimientos de una rotonda. Tras unos minutos de análisis y reflexión, nos parece poco probable que hubiera tanto tráfico en el pasado que obligara a construir una rotonda. ¿Había aquí un edificio circular como la Rotonda de Sant Miquel delante del Monasterio de Santa María? ¿Estaría aquí el emplazamiento de la iglesia de Ginebret? ¿O es simplemente un afloramiento natural de rocas? Son preguntas que probablemente no podremos contestar nunca.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,2 km; 290 metros de desnivel acumulado.

jueves, 10 de mayo de 2018

6/4/2018 – Las barracas de Pellicers


Tras una de las segundas quincenas de marzo más frías en muchos años, con nieve en cotas bajas, Pep me llama el jueves con un plan: buscar la iglesia desaparecida de Sant Grau de Ginebret, situada supuestamente en los dominios de la casa del Boix. Me pide que traiga los mapas de esta zona, cosa que hago, pero cuando ya hemos enfilado la carretera de Sant Jaume de Frontanyà, cambia de parecer y decide buscar la casa medieval de Pellicers, cerca del monasterio de Santa María de Lillet. Y precisamente, no tenía mapa para esto. Pero Pep decide seguir adelante de todos modos.

El Monasterio de Santa Maria de Lillet desde el camí ral

Empezamos a caminar por el camí ral hacia el monasterio. “Ya que estamos aquí”, dice Pep, “volvamos a aquella cuesta donde Steve vio tantas barracas”.

Resulta que en noviembre, fuimos con Domènec al monasterio (todo un descubrimiento) y luego al Torrent de Junyent a buscar el molino de Ribarderiu. Encontramos el molino sin problemas (Domenèc ya sabía dónde estaba) pero subir el torrente para buscar el canal y la presa nos obligó a pasar por muy mal terreno. Con la esperanza de encontrar un terreno más manejable, crucé la riera, pero sin mapas o GPS, y volví por antiguos campos aterrazados, que ahora se llama La Pineda en el Alpina, hasta topar con un precipicio que me obligó a subir, alejándome de los demás. Finalmente, encontré un ‘grau’ que me permitió pasar el risco y bajar otra vez. Conté al menos dos barracas y una zona extensa de cultivo.

Pero primero la casa de Pellicers. En el collado del mismo nombre, giramos a la derecha y bajamos hacia unos prados muy grandes. Antes de llegar, miramos una zona de boj y encina y casi enseguida, Carles ve una esquina delatadora. Decidimos que podrá ser la casa; el emplazamiento es bueno.

Volvemos al collado y primero vamos hacia el sureste. Como rayos del sol, arrancan caminos desde el collado y se van enfilando en una línea recta por los campos, cada uno a un nivel distinto. Vamos contando barracas una tras otra. En algunos casos, el camino acaba en la última barraca y en otros, tenemos que volver para no alejarnos demasiado, aun sabiendo que el camino continúa.

Una de las 12 barracas que contamos

Volvemos al collado y esta vez vamos hacia el suroeste para buscar mi ‘grau’. Lo pasamos y entramos en los campos. De nuevo, vamos sumando barracas. Cada vez, Pep me interroga con la mirada. “¿Te acuerdas de esta? ¿Y de esta?”. “No lo sé”, contesto. “Quizás sí. Estaba nervioso. Ya sabes que no me gusta ir solo por el bosque”.

Al final, Pep se exaspera. “Hay que reconstruir la ruta desde el principio, en el punto donde cruzaste el torrente y empezaste a subir”. Seguimos caminando hacia el suroeste y bajamos al torrente. Veo un camino en forma de Z que salva una pequeña roca. “Aquí es donde empecé a subir” y señalo el camino.

Llegamos encima de la roca y un camino tenue marcha por la cuesta hacia una zona de campos. Entramos en una zona abierta con antiguos bancales de cultivo y nuestra primera barraca, seguida de otra muy cerca. “Me acuerdo de la segunda. Estuve siguiendo la curva de nivel”. Pasamos un pequeño lomo y entramos en otra zona de campos, donde hay otra barraca. “De esta también me acuerdo y luego topé con el precipicio”. 

Antiguos campos, perdidos en el bosque

Llegamos al precipicio y empezamos a subir, igual que hice hacía 5 meses. Recuerdo como si fuera ayer mi nerviosismo creciente a medida que me iba alejando de los demás y una salida fácil. Y finalmente el ‘grau’, un pasillo insospechado que me permitió salvar el salto y entrar en una zona de pendiente más suave y bajar al camí ral.

Pero en vez de bajar, volvemos a subir, siguiendo los campos y antes de marcharnos, aún tenemos tiempo para seguir otro camino que enlaza barracas hasta llegar al Collet dels Pellicers.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 6,3 km; 330 metros de desnivel acumulado.

16/3/2018 – Maçaners


Hoy, propongo volver a Maçaners. Debajo de Cal Carota, había dejado hace bastantes años un camino en una pequeña zona cultivada que prometía mucho. En aquella salida, había subido desde el río Saldes solo con Carles, mientras Pep había subido por otro sitio. En el Mikado, Pep accede pero primero quiere volver a Cal Griera y Hostalets. Según sus documentos, había otro molino allí, además del Molino de Bosoms.

El agua baja brava por el Riu de Vallcebre fruto del deshielo, pero que nadie se engañe, aquí aún no ha llegado la primavera. No conseguimos localizar el molino aunque sí un posible emplazamiento, inaccesible de momento por la crecida del río. Pero encontramos una pequeña mina bajo Hostalets, con una barraca al lado.

Volvemos al coche y continuamos hasta Maçaners, con una temperatura nada primaveral y un cielo cada vez más amenazador. Bajando hacia Cal Carota, dejamos dos caminos que parecen tener conexiones interesantes. Pasamos por la impresionante dehesa con sus robles monumentales bajo Cal Carota, ahora acompañados por los dos perros de la casa, que no nos dejarán hasta volver a Maçaners.

Pasando por Cal Carota; los perros ya nos están esperando

Llegamos al Torrent del Comasses, normalmente un hilito de agua pero hoy un torrente potente que cubre todas las piedras que normalmente se usan para cruzarlo. Me siento más torpe que nunca. Pep y Carles consiguen cruzar por otro sitio y todavía estoy en la orilla, hecho un mar de dudas. Pero decido que quedarme sería la opción del cobarde y bajo la atenta mirada de Pep, también consigo cruzar.

Llegamos a la pequeña artiga (ver Glosario) y ese camino tan prometedor desvanece a media subida; era la zanja para canalizar el agua de desagüe. Llegamos al lomo de la cuesta; antiguos campos pero nada de camino.

Vista de Pedraforca y Maçaners bajo un cielo cada vez más amenazador

Todo ha sido un error, pienso. Teníamos que haber mirado esos dos caminos tan bonitos y tendría algo que valiera la pena para poner en el mapa. Subimos hasta la cresta y comemos. Recompensamos los perros por su compañía con trozos de bocadillo.

En el camino de vuelta bajo la nieve

Ponemos rumbo a Maçaners. Nos cae un chubasco de nieve granulada. Lo único positivo, aparte de respirar aire limpio y oxigenar los músculos: hacer un trozo nuevo de la Ruta de Picasso, que nos lleva hasta la carretera antigua de Maçaners, donde nos despedimos de los perros.

El Cadí ya no se ve

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,8 km; 340 metros de desnivel acumulado

9/3/2018 – Pedret


Tras un invierno duro e incierto, aguardamos con impaciencia la nueva primavera. Durante finales de otoño y los pocos días de invierno que pudimos, hicimos salidas por la zona de la Pobla de Lillet, a veces en compañía de dos investigadores locales, Pere y Domenèc, buscando la confirmación sobre el terreno de algunas de las referencias que Pep ha leído en sus manuscritos medievales.

Pero hoy todavía hay medio metro de nieve allí y nos tenemos que quedar más cerca de casa. Pensando en el tema de una posible charla futura, propongo volver a Pedret.
Empezamos con frío pero con la previsión de una temperatura más cálida a mediodía. Caminamos hacia la presa por la antigua vía de tren, cruzando el río por la pasarela. 

La antigua vía del carrilet y el Pont de Pedret

Yo recordaba haber visto en alguna ocasión antiguos campos en el Canal del Ferro pero tan abajo no están. Subimos por el lado norte de la Canal, por una arista rocosa, traidora, con las encinas y la maleza que nos obstaculizan en cada paso.

El camino de Pedret a La Baells, ahora truncado por la presa

Llegamos al antiguo camino de Pedret a La Baells y caminamos hacia la presa. Cuando lo tenemos a la vista, nos sentamos a repasar el territorio, con la desembocadura de la Riera de Metge delante. De repente, Pep se gira hacia mí: “¿Sabías que en los documentos antiguos, la Riera de Metge se llamaba la Riera de Medica, que significa ‘en medio’?”. En catalán normal, “metge” significa “médico” y en los intentos populares de darle un sentido, se ha pensado en las fábricas textiles que contaminaban el agua con los tintes y enfermaban a la gente. “¿En medio de qué?”, pregunto. “Ahí está el problema”, contesta Pep. “¿Un linde entre dominios señoriales?”, sugiere.

Nos quedamos los tres mirando la otra orilla. Al final, me atrevo a decir en voz alta algo que llevo algunas semanas pensando. “Como nos están destruyendo los caminos, ¿por qué no reactivar el blog para explicar algunas de tus investigaciones sobre la historia de la comarca?”, propongo. “Aquí en Pedret, hay unas cuantas cosas que se podrían decir”. “Se podría probar”, reconoce Pep. “Vayamos al molino de Pedret. No está claro que fuera simplemente un molino. Y luego hay esos agujeros al lado del puente”.

Volvemos por el camino. En la Canal del Ferro, efectivamente se ven las piedras alineadas de antiguas paredes. Todo tiene un aire de gran antigüedad, pero igual es solo el efecto óptico creado por el musgo.

Mirando hacia Berga desde la iglesia de Sant Quirze de Pedret

Vista general de la iglesia

Pasamos por la iglesia. Hace bastantes años, me vino a ver una señora americana muy mayor, acompañada de su marido, que había estudiado en profundidad la iglesia. Quería saber por qué caminos habría venido el maestro de Pedret desde Italia para pintar los frescos de la iglesia. No le había gustado nada la restauración que se había hecho de la iglesia y además lo había dicho sin pelos en la lengua. Todas las puertas que se le habían abierto de par en par en la Diputación de repente se cerraron.

Continuamos hasta las ruinas del molino, bordeando el camí ral. Lo exploramos detenidamente. “Los documentos de mediados del siglo XIX hablan del establecimiento de una fábrica textil en terrenos donde se estaba construyendo un molino”, dice Pep. “Pero aquí del molino no queda rastro. Todos los edificios parecen pertenecer a la fábrica. Quizás despareció en la crecida de 1850”, especula.

Paisaje fantasmagórico cerca de la fábrica-molino de Pedret

Después de comer, vamos al puente y volvemos a mirar los agujeros excavados en la roca que ya hemos visto cientos de veces. “El problema está en la doble hilera de agujeros que cruzan toda esta roca”, señala Pep. “Hay gente que dice que aquí había la presa medieval para canalizar agua al molino. Pero el agua se cuela por debajo, por cavernas subterráneas. Sería imposible cerrarle el paso”. Seguimos caminando por las enormes losas, ahora un par de metros por encima del nivel del agua. “Y mira esos agujeros. Se ve claramente el desgaste producido por el flujo del agua”. 

Pep se queda unos momentos pensativo. “Y si pudiera ser que originalmente estas losas de roca estaban bajo el agua y terminaban en una pequeña cascada? Antes de construir el puente actual, se podría haber cruzado el río con un largo puente de madera. Con el tiempo, el agua podría haber erosionado la roca más blanda por debajo, excavando una caverna que debilitó la roca encima, haciendo que se desplomara y creando el canal que vemos hoy”. 

Vista del puente

Los agujeros debajo del puente. Detrás se ve una doble hilera casi paralela

Y concluye: “Cómo me gustaría poder viajar en el tiempo y ver cómo construían ese puente gótico. Es una obra maestra”.

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 7,3 km; 220 metros de desnivel acumulado.

Blog reloaded


Siguieron uno de los veranos más calurosos que recuerdo, el referéndum del 1 de octubre, la declaración imposible de independencia y la represión implacable del Estado español, que todavía perdura. Fueron meses de desánimo, también en nuestras salidas, por lo menos desde mi punto de vista. No veía la manera de contagiarme del entusiasmo de Pep y Carles por la historia local y parecía inevitable un distanciamiento progresivo.

En diciembre, caí enfermo, arrollado por la infame gripe australiana, que derivó rápidamente a una bronquitis. Llevaba dos días casi sin dormir cuando acudí al médico y, además de un antibiótico, me recetó un antitusígeno para que pudiera dormir (“toma una dosis doble por la noche”). El resultado fue una reacción alérgica que me hizo perder la voz durante una semana. Durante esos días de silencio desconcertante, tuve una especie de epifanía. Pensando en las conversaciones entre Pep y Carles, recordé que algunos de los lugares más emblemáticos de la comarca tenían otro nombre en la Edad Media y esa sencilla constatación abrió la puerta para avanzar en un proyecto mío al que llevaba muchos años dando vueltas (y que espero que algún día vea la luz del día) y, al mismo tiempo, tendió un puente para reengancharme al mundo particular en que vivían Pep y Carles.

En febrero, me di cuenta que la situación de bloqueo que me había llevado a dejar de escribir el blog se había desvanecido y empecé a abordar con Pep y Carles la posibilidad de reactivarlo, cambiando ligeramente el enfoque. Todos fueron ánimos. “El mundo lo tiene que saber”, me decía Carles. “Tu narrativa es esencial para dar cuerpo y vida a nuestras lecturas en los archivos”, me confesó Pep.

Y así empieza la segunda etapa de esta humilde crónica.

viernes, 30 de junio de 2017

Despedida

Aquí he decidido poner fin a este blog. Han sido más de 7 años contando nuestros descubrimientos y hay un cansancio natural. Pep, Carles y yo seguimos tan amigos como siempre, estamos bien de salud y seguiremos saliendo los viernes siempre que podamos, con nuevos compañeros si puede ser.

También hemos constatado que nuestros objetivos han ido cambiando con la edad. Buscar caminos ha pasado a un segundo plano y ahora nos interesa más buscar cosas concretas, una tendencia que se ha visto reforzada por la destrucción de caminos que hemos visto últimamente.

De todos modos, aquí tenéis más de 200 salidas para animaros a conocer nuestra maravillosa comarca. Y también tenemos pregunta y fecha; nos esperan tiempos apasionantes.

jueves, 29 de junio de 2017

2/6/2017 – Las Roques del Bruc

Hoy amanece con sol pero la previsión es de tormentas por la tarde. Por fin, vamos a mirar la ubicación con más probabilidades para el castillo, por lo menos en cuanto a extensión llana. Se trata de una zona llana en el extremo oriente de las Roques del Bruc. Si aquí no hay nada, habrá que concluir irremediablemente que, ante la ausencia de indicios en cualquier otro lugar, el castillo estaba donde está actualmente la casa.

Pero primero vamos al Pas de l’Os, el camí ral que César August Torras fotografió para su guía de itinerarios del Berguedà y que salva el desfiladero mediante una plataforma inclinada de roca que gana altura. Sin embargo, la roca ha sido dinamitada para pasar los postes de luz y también hay una ancha zanja donde va el tubo que lleva agua a la fábrica de cemento en el Clot del Moro. Es imposible ver si hubo algo más antiguo.

Subimos otra vez la larga pista al Coll de Meranges. Sabemos que hay un camino más directo para ir a pie pero no lo tenemos en nuestros mapas. “Si hay tiempo cuando acabamos, podrías buscarlo con Carles y yo os espero abajo”, propone Pep.

Aparcamos en el Coll de Meranges. Aquí tenemos dos caminos en nuestros mapas: uno que sería el camino de comunicación con la casa de Bruc y otro secundario que sube a una ‘artiga’ y luego baja a Bruc. Se ve que esos caminos, los había hecho con Carles porque Pep los desconoce.

Tomamos el segundo camino, ya que nos situaría debajo del llano que queríamos mirar. En la artiga, vemos un camino que nos lleva arriba en poco tiempo. Es un lugar muy curioso, con mucha hierba (las vacas aquí no llegan), pinos maduros y afloramientos de roca que le dan un aire muy atractivo. Bajo un tronco, vemos una pila de tejas rotas. ¿Hubo un horno de tejas aquí? Es un misterio. Pero no hay ningún castillo.

¿Qué hacen estas tejas aquí amontonadas bajo el árbol?

Salimos a la cresta y tomamos vistas hacia el sur. Se ven Tubau, el monasterio de Santa María, el Catllaràs y La Pobla de Lillet.

Vista hacia el sur desde las Roques de Bruc, con la Pobla de Lillet en primer plano y el macizo del Catllaràs detras. 

Pep quiere conocer el segundo camino, debajo del primero y más importante. En su mayor parte, es una pista semi-naturalizada con algún resto del camino antiguo un poco más abajo, que baja hacia el sur paralela al Torrent de Rentadors. Nos paramos en un promontorio y miramos hacia el norte. Se ve la casa de Meranges y la cisterna de agua. Es evidente que su emplazamiento es perfecto para dominar este valle.

Aquí se aprecia la ubicación perfecta de la casa de Meranges, a la cabecera del valle

La pista acaba en un ‘grau’ muy bien conservado que el camino supera con una forma de Z.

Aquí comemos y luego emprendemos la vuelta bajo un cielo cada vez más amenazador. Cerca de los campos, Pep se desvía hacia la derecha. Quiere ver si hay un camino que conecta con la casa pero no se ve nada claro. Llegamos a la pista que viene de La Muga y conecta con la pista que viene de la casa de Meranges en el Coll de Meranges. El cielo ya es muy oscuro y se oyen truenos al otro lado del Serrat de Meranges. Pep y Carles quieren seguir buscando hacia la casa pero yo ya estoy cansado y prefiero esperarles en el coche. “Busca el arranque del camino al Clot del Moro”, me dice Carles antes de separarnos.

Llego al Coll y me adentró un poco en el bosque del valle que sube desde el río. Allí veo un comienzo claro de un camino. “Esto está chupado”, pienso, pero empiezan a caer gotas y decido volver al coche. Apago el GPS, guardo toda la electrónica en la mochila y me pongo bajo un árbol cerca del coche. Deja de llover y me siento al lado de la pista. El quebrantahuesos sale a buscar comida. Desde las rocas se oye el chillido de una cría; allí debe tener el nido.

Pep y Carles siguen sin venir. Miro el móvil, no hay cobertura y no puedo llamarles. Vuelvo al arranque del camino y bajo un poco más. Sí, no hay duda, es el camino, y además se ve muy bien. Vuelvo al coche. No están y no les veo por la pista. Habrán ido a la casa para explorarla a fondo como última opción, pienso.

Empiezo a caminar por la pista hacia la casa. Si han ido a la casa, o nos encontraremos en la pista o nos veremos allá. Recorro el medio kilómetro de pista hasta la casa y no están allí. Los truenos redoblan su fuerza y empieza a llover torrencialmente. No me queda otro remedio que refugiarme en el pajar de la casa. “Debía haber dejado una nota en el limpiaparabrisas”, pienso, “porque ahora no sabrán dónde estoy”.

Esperando ansiosamente una pausa en la lluvia para volver al Coll de Meranges

Veo que pasan los minutos con un nerviosismo creciente. Parece que la lluvia se amaina, saco el chubasquero y camino por la pista a ritmo vivo. Las curvas de la pista me impiden ver el Collado pero por fin doblo la última curva, justo a tiempo para ver cómo se marcha el coche cuesta abajo. ¡Me han abandonado! Como el náufrago en una isla desierta que, desde el punto más alto de la isla, ve fondear un yate en la bahía y, a pesar de bajar corriendo, llega a la playa solo para ver cómo se zarpa nuevamente, sordo a sus gritos.

Bajo una lluvia insistente, repaso mis opciones. Lo más probable es que se hayan cansado de esperarme y hayan concluido que he empezado a bajar el camino al Clot del Moro y me esperarán en una de las curvas de la pista que hemos pensado como punto de empalme más probable con el camino.

Vuelvo a encender el GPS para hacer el track y me lanzo, yo que tanto me asusta hacer solo caminos desconocidos por lugares escarpados y boscosos. Pero, en realidad, no hay nada que temer; el camino está bastante claro y, si el cielo no fuera tan oscuro, incluso lo disfrutaría. Salgo en la curva pero no hay nadie. Bajo por la pista; sale el sol y todo el ambiente cambia. “Bueno”, pienso, “igual me están esperando abajo y, de todos modos, pronto tendré cobertura y podré llamarles. Y en el peor de los casos, voy al pueblo y pido un taxi”. De todos modos, confiaba en que todo eso tendría un final feliz.

En esto, oigo un coche que baja. ¡Son ellos! Se paran a mi lado y Pep baja la ventanilla. “De las cosas que no hay que hacer nunca en la montaña, las has hecho todas”, me riñe. “Primero, te has separado de nosotros; no nos has esperado en el coche; no has dejado ningún aviso para decirnos dónde has ido; y has bajado precisamente por donde no puede pasar el coche. Deberíamos llevarte a la montaña con una correa al cuello, como los perros”. Pero más preocupado está Carles. Estaba convencido de que me había hecho daño en el bosque y que no me podía mover, y además sin cobertura por móvil. “Con lo torpe que eres”, añade.

Ya en el coche, me cuentan su versión de la aventura. Llegaron al coche desde abajo, sin pasar por la pista de la casa. Al no verme, efectivamente pensaron que había decidido bajar por el camino y se marcharon. Sin embargo, no me vieron en la curva y Pep hizo la reconstrucción de lo sucedido: “Habrá ido a la casa a buscarnos y, al ponerse a llover, buscó refugio en el pajar”. Dieron media vuelta, fueron a la casa pero evidentemente yo ya no estaba allí y ya desesperados, estaban bajando otra vez la pista cuando me vieron.

En el asiento de detrás, empiezo a hacerme la película de la escena en el coche y me pongo a reír. “Seguro que lo estabais pasando peor que yo, viendo lo que os iba a venir encima: Llamar a los bomberos, el helicóptero, las cámaras de televisión y sobre todo, ¡cómo explicarle a mi mujer que me perdisteis en el bosque!” Y todos nos ponemos a reír.

Finalmente, Pep dice: “Encontramos cerámica medieval debajo de la casa. Si estaba allí el castillo, aún no lo podemos saber, pero en la Edad Media, vivía gente allí. De eso no hay duda”.
                                               
Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 8,8 km; 300 metros de desnivel acumulado.

lunes, 26 de junio de 2017

26/5/2017 – El Serrat de Meranges

La semana pasada, no salieron. Un poco de lluvia la noche anterior espantó a Pep y decidió quedarse en casa. Y para colmo, hoy Carles no puede venir y me tocará hacer la cresta del Serrat de Meranges solo con Pep. No quiere renunciar a su método científico aunque yo sé que las posibilidades de encontrar el castillo allí son casi nulas. “Es como un niño con un postre”, pienso en el Mikado. “Primero va dónde no lo va a encontrar y deja los lugares más probables para el final”.

Aparcamos en Sant Vicenç de Rus. Aquí hay una iglesia románica restaurada y un restaurante/alojamiento rural, actualmente sin nadie que lo lleve. Hoy será un día caluroso y por eso, Pep propone una aproximación desde la cara norte, para no pasar tanto calor. Pasamos por la antigua fragua, al lado del río, y ponemos rumbo a la Portella de Baix.

De repente, Pep se aparta de la pista y vemos el dibujo tenue de un camino que sube en línea recta hacia la Portella, antes de incorporarse nuevamente a la pista, evitando las curvas que hace la pista. No lo teníamos ese tramo.

La pista acaba, dejando unos 500 metros intactos del camino, todavía empedrado. Unas tiras de plástico atadas a las ramas sugieren la inminencia de una caminada popular. Llegamos al ‘grau’ en la cresta y miramos el pequeño llano hacia el oeste. Nada.

Tramo empedrado antes de llegar a la Portella de Baix

Ponemos rumbo hacia el este, hacia la Portella de Dalt. Empieza ancho, con pequeños prados pero se va estrechando hasta al final solo tenemos un paso precario por las rocas. Llegamos al estrecho corte en la roca que representa la Portella de Dalt y que va directamente a la casa de Meranges.

La muesca entre rocas formada por la Portella de Dalt

Continuamos. De nuevo, el tramo inicial es bastante ancho, incluso podría haber sido cultivado. Pero se va estrechando otra vez y nos quedamos con un angosto camino que mantienen los cazadores que pasa por la cara norte, luego por la cara sur y luego otra vez por la cara norte, con caídas vertiginosas a ambos lados.

Prados en la cresta del Serrat de Meranges; no todo era tan benigno

Por fin, llegamos a los antiguos campos donde comimos hace 3 semanas. Un camino en diagonal nos lleva al noroeste. Se difumina en una cresta y bajamos sin camino a una pista antigua. Pep quiere mirar un cerro al norte del Coll de l’Espinal. El mapa del ICC conecta toda esa zona con pistas pero sobre el terreno, no es así y no nos queda otro remedio que bajar un trozo sin camino para llegar a la pista principal que lleva al Coll. Me vienen recuerdos traumáticos de una salida en 2011 por esta misma zona cuando Carles y yo fuimos picados por avispas.

Conmino a Pep a no molestar ninguna avispa esta vez y mirar donde pone los pies y llegamos abajo sin novedad. Subimos al pequeño cerro. Evidentemente, no hay rastro de castillo. ¿Cómo va a haber un castillo de Meranges aquí si estamos en el lado equivocado de la montaña?

Aquí comemos y después miramos algunos caminos secundarios o terciarios que habían quedado pendientes de enlazar. Caminando por las hayas, es quizás el momento más relajante del día. Finalmente, bajamos la larga y empinada pista hasta la Farga y luego al coche.

La iglesia románica de Sant Vicenç de Rus y la hospedería. Según tengo entendido, pronto volverá a abrir sus puertas

Con eso, damos por concluida la salida de hoy. 9,8 km; 620 metros de desnivel acumulado.

PD. En el coche de vuelta a Berga, Pep propone una nueva teoría respecto a la ubicación del castillo. Especula que en la Edad Media, el Pas de l’Os no estaba abierto y toda persona que quisiera ir de La Pobla a Castellar de n’Hug tenía que pasar forzosamente por Bruc, Coll de Meranges, Collada de les Rovires y luego el camino que ya hemos seguido dos veces este mes a Castellar de n’Hug. Si fuera así, sería lógico que hubiera un castillo donde está actualmente la casa porque controlaría todo el tránsito por el valle.